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lunes, 22 de agosto de 2016

Fotografias de un proyecto truncado





Carlos Espinal Equus


1984
Vivía yo en la ciudad de Nueva York, específicamente en el East Village, justo llegando al barrio mejor conocido como “The Alphabet City”, un lugar muy peculiar de la ciudad,  en donde, mientras surgían nuevas voces del arte,  también surgían voces de protestas por la desigualdad, el derecho a la identidad del individuo, una revolución provocada por momentos de cambios,  entre ellos,  la explosión de una nueva enfermedad que atacaba a todos por igual, pero,  con la que cruelmente se responsabilizó más que nada a la comunidad homosexual como principal causante de dicho mal, provocando así  una “cacería de brujas” que se ha prolongado hasta nuestros días.

El East Village también fue cuna de un nuevo lenguaje en el arte escénico, el famoso “Performance” que venia desde la decada del sesenta, (esta vez en su versión dance-Theater) así  la danza unió  el lenguaje del cuerpo con el lenguaje del sonido y la palabra, en espectaculos y presentaciones en apartamentos, terrazas, galerias o cualquier espacio no convencional.   La pintura encontró una  expresión  de protesta con nuevos artistas, la música alcanzo su mayor rebeldía con los movimientos punk de la época,  la integración de sonidos de otras culturas, protagonizaron las carteleras discográficas.  Movimientos musicales y  estilos musicales como el new wave, heavy metal, punk rock, hardcore punk,  hip hop, Gothic rock, post-punk, alternative rock, Miami bass, Chicago hip house, Washington DC go-go, House music, estilos que buscaban la revolución  musical del momento.

Artistas  y  grupos del mundo de la música comercial (algunos vivieron en el East Village) como Madonna,  Cyndi Lauper, Prince, The Police, The Culture Club, Michael Jackson, Janet Jackson, Whitney Houston, Lionel Richie, David Bowie, Bruce Springsteen, Don Henley,  George Michael, Tiffany, Culture Club, Duran Duran, Devo, A Flock of Seagulls, Blondie, Talking Heads, The Cars, The Pretenders, Elvis Costello, The B-52s, The Go-Gos, The Beat, Soft Cell, Depeche Mode, Billy Idol, The Cure, Spandeau Ballet, The Bangles, marcaron las pautas musicales de la época y uno que otro vivió o se prensentó en sus principios en el East Village.  
David Byrne el amante por excelencia de la música étnica  impuso un estilo en todo el entorno Neuyorkino).   Esa revolución no fue solo de instrumentos y  lírica, no, también la revolución se proyectó en la moda, en el "vestuario", la irreverencia a lo establecido,  hubo una  transformación total  en la forma de presentar la expresión de la moda, el reciclaje y la forma ecléctica de vestir y la popularidad que adquirieron  las boutiques que vendían ropas de segunda mano, hoy llamadas "Vintage", se dieron a conocer en todo el sector.   Un tiempo en donde lo étnico era “exótico” y en donde a pesar del horror que vivíamos por la llegada del SIDA, el sexo unía a todas las expresiones en un grito por la necesidad de una auténtica libertad.  Lo prohibido estaba al alcance de todos, era  la práctica constante de una juventud ávida de mejores respuestas.   Saint Mark Place, cuna de un movimiento poético, nos juntaba a todos sin importar backbround, tendencias políticas, posición social, inquietudes artísticas o identidades de género.  Quienes llegaban a vivir  al East Village,  sabían que habían aterrizado en  la “zona prohibida”, la zona deseada por todos aquellos que anhelaban una vida diferente, encerrada en unos muros destinados a quienes venían huyendo de las normas establecidas por una moral hipócrita con actitudes fascistas, aquellos que llegaron en  busca de  una libertad que ningún otro lugar podía proporcionarles.   Aunque marcado por un  bajo nivel económico, estructuras de edificios abandonados, una comunidad de “homeless” y “runaways”,  la creatividad siempre fue protagonista en el modo de expresión de sus habitantes y de sus antiguas calles.  

 El color negro era fundamental en la vestimenta, pelos verdes, rojos, morados y rubios eran aceptados por todos, sin cuestionamientos, cabezas rapadas a la mitad, botas militares adornadas con símbolos, uñas pintadas de negro, botones de expresiones personales y colectivas adornaban nuestras ropas, poco aceptadas en otros linderos de la ciudad, escritores que regalaban su literatura en lecturas públicas o privadas o en  cualquier hoja de cuaderno disponible, murales de rebeldía con trazos folclóricos que redefinieron la expresión artística del momento, alcohol y drogas, drogas por doquier, las más consumidas el Crack y la cocaína, un escape a una sórdida realidad que se vivía fuera de los muros de este lugar.   Aquellas pisadas con pintura morada por doquier, los pasos de un hombre misterioso que buscaba dejar su marca,  como hicieran los Homo Sapiens en las paredes de las cavernas  hace miles de años, este hombre fue perseguido por las autoridades por mucho tiempo.  Postes de luz adornados con cerámica y cristales rotos, otra expresión de “protesta con belleza” del Mosaic lamp posts creado por Jim Power  “the Mosaic Man”.   

Los paseos de David Byrne en su bicicleta camino a su estudio de grabación, mañana y noche, la misma trayectoria,  cortando cada día  la 1era Avenida a la mitad,  traía por bocina una caja de música en sus sentidos y sus ojos saltones, enganchaban los colores que tras él, se iban haciendo cada vez más intensos a su paso.    La figura enigmática de Quintin Crisp, llenando su canasta con los vegetales más económicos que le ofrecían los coreanos, caminando  con  sus mejores galas y su clásico  sombrero que  llevaba como pamela arrogante  en un desierto de soledades colectivas… irónicamente nos unían tantos silencios  aún sin conocernos… y  Keith Haring rediseñando con su arte un nuevo movimiento de “Cultura Pop y Cultura Callejera” se burló de las autoridades y transgredió los espacios  prohibidos, pero tristemente no pudo burlarse del SIDA.   Harley Flanagan, niño/joven,  prodigio que nos marcó las pautas del sonido que más identifico a la zona, una leyenda viva que si supo sobrevivir  al mito.


Aquí es donde llegué, al final de una fría tarde, perdido, atrevido, dispuesto, deseoso, desconocido, inventando un  idioma que no tenía, con nada más que ilusiones en mi cartera.  Llegué  huyendo de la presión,  encaminado por el amor y la pasión  de llevarme al mundo por delante, escapado de mi casa, de mi familia,  en busca de mi propia identidad, de mi deseo de crecer, de convertirme en un artista de la escena, un “verdadero artista”… en busca de amor.   

 Las drogas nunca las probé, no había en mí curiosidad por ningún tipo de drogas, no sentía  deseo alguno de perderme en ese mundo,  por el contrario, quería estar alerta para embriagarme de esa nueva vida que había descubierto casi sin querer.

Ese era yo, “The runaway latin boy” como me decía Carlo Pitore, atrevido artista para quien pose alguna vez en su taller de la Calle 10 cerca de la Primera Avenida,  siempre me contaba historias, me contaba muchas cosas  y un día que me regalo una página de sus de sellos de su colección de boxeadores.  Con él fui testigo de  la revuelta del Tompking Squeare Park, esa revolución de una noche que  me hizo entender que yo  ya  era parte de un  lugar que me había acogido,  sin preguntar de donde  venía  o cómo había logrado atravesar esas paredes prohibidas para muchos.

 Cuando  salía de mi nuevo barrio, lo hacía para ir a estudiar al Herbert Berghof Studios, al otro Village, el designado a los pudientes, al de las calles limpias y restaurantes caros, de los niños bien, los “yuppies”,  a los niños de New York University o cuando iba a mis clases en el Puertorrican Traveling Theater en la calle 41 y 8va. Ave, en donde conocí a tanta gente querida, gente  que me introdujo al movimiento de teatro latino de Nueva York,  maravillosos profesores y artistas como  Manuel Yeskas ,actor y director mexicano de “Arte Unido”, Manuel Martínez (Cubano), director y fundador de la compañía infantil “The Bubles Players, ambos fueron directores de la institución y ambos me llevaron a trabajar en sus respectivas compañías teatrales, la gran maestra Angélica Rosa Sepúlveda,  mi primera maestra de canto,  quien me brindo muchas oportunidades, entre ellas el haber sido instructor de teatro infantil en el “Hispanic Young People  Chorus Of Brooklyn”, y me llevó a participar en el 1er.  Festival Latino de la Voz, entre muchas otras cosas.   La gran actriz y maestra Graciela Lecube,   mi inolvidable  Ilka Tanya Payan,  la gran artista Teresa Yenke, el gran director Francisco Morín, de todos ellos recibí mucho apoyo y cariño.

Amigos artistas del movimiento teatral llamado The Argenta Manhattan Workshop que dirigía ese gran actor y director argentino, Norman Brinsky (también maestro del PRTT) me encamino a ver otras formas de la expresión teatral, se convirtió en un puente para acercarme a otras posibilidades de hacer arte.
Al principio y por un tiempo, cuando  llegué a vivir al East Village, sobreviví  posando para algunos pintores y fotógrafos del sector,  Posar no era suficiente como para pagar mi parte de la renta, así que había que buscar algo estable y de más rentabilidad, aquí comienza mi primera etapa llenando aplicaciones.  Tuve la dicha de conseguir un puesto en La Librería Hispano Francesa (The French and Spanish Book Store or The French and European Publication), para la época, una gigantesca librería, la más grande de publicación extranjera en la ciudad de Nueva York, ahí me convierten en el encargado del departamento de literatura, la selección más grande de la división en lengua española.  Un regalo para un joven actor que aspira  convertirse algún día en un reconocido actor y director de la escena.   La dicha fue aún más grande,  pues,  por trabajar en este lugar entre en contacto directo con la literatura de una manera más personal, el trabajo me permitió cultivar mis conocimientos y hasta llegué a conocer algunos intelectuales y literatos importantes.

A todo esto, nunca me pude desconectar de mi lugar de origen, siempre mantuve el contacto de una u otra forma.  En esa época el mar parecía un océano y el océano un universo.  Yo hice todo lo posible por permanecer en contacto.
Mi primer intento de seguir siendo parte del movimiento cultural dominicano fue cuando  junto a la maestra Angélica Rosa Sepúlveda, llevamos a la República Dominicana a los estudiantes del Hispanic Young People Chorus Of Brooklyn, un grupo de veinte estudiantes y sus padres, más tres maestros, hicimos presentaciones a casa llena en el teatro del Dominico Americano y así como también en la ciudad de Santiago, luego en varias ocasiones regresé con Angélica Rosa en Concierto y el guitarrista clásico Luis Enrique Julia, a  La Sala De La Cultura del Teatro Nacional y Casa De Teatro.  Más adelante volvimos al país con Angélica Rosa para producir un taller de “Entrenamiento de la Voz para Actores y Cantantes” y logramos reunir a un grupo de alrededor de 80 participantes, todo esto de manera independiente, sin absolutamente  ningún apoyo de autoridades culturales, lo hicimos  de manera autónoma.

 En el 1977 comencé mis estudios en la Escuela Nacional de Arte Escénico del Palacio de Bellas Artes,  en esa época, una compañera me regaló un libro enciclopedia de la Real Academia de Arte Dramático de Madrid, España, por este libro  pude imaginar  un mundo de posibilidades para seguir creciendo.  Para entonces, la mayoría de los aspirantes  se  visualizaban estudiando en Moscú,  todos querían ir a estudiar con el método de Stanislavski, popularizado en el país por el maestro Rafael Villalona y la gran actriz Delta Soto y un grupo de maravillosos actores de la compañía Nuevo Teatro.    Aunque estudiaba y amaba este método,  no sentía ninguna inquietud por irme a vivir a Rusia, así que  por medio de la embajada española logré entrar en contacto con la Real Academia de Arte Dramático de Madrid  y después de someter los documentos necesarios, recibí la aprobación de una beca para estudiar en esta prestigiosa institución.

Terminado mis Estudios en la Escuela Nacional de Arte Escénico, el entonces director de Bellas Artes, el destacado músico, compositor y dramaturgo Manuel Marino Miniño,  me había nombrado como Actor del Teatro de Bellas Artes, recuerdo que habían elegido a tres o cuatro alumnos de la escuela, una de ellas fue la actriz Carlota Carretero, creo que Anacaona  Félix y no recuerdo quien más.
El maestro Miniño, siempre me hizo saber que veía en mí un gran potencial histriónico.  Debo decir que mi corta y pasajera experiencia en esta compañía estatal no fue muy grata, me dieron el trabajo más nunca me llamaban para trabajar en las obras.   Yo comencé a aceptar cualquier trabajo que me ofrecieran en los grupos independientes.  Mi inquietud era aprender  y solidificar mi recién nacida carrera.


Al poco tiempo de entrar a la compañía,  dos o tres meses después, me encontraba dirigiendo la obra que me estrenaría como director en el Teatro Nacional, “El Baúl De Los Disfraces” de Jaime Salón.  Durante el proceso de los ensayos, recibí una llamada  del Maestro Minino, me pidió que viniera a su oficina, una vez allí, comenzó a  recriminarme porque según le habían  contado,  yo me negaba a trabajar con la compañía de Bellas Artes de la cual ya era empleado.   Lo escuche en silencio, con el gran respeto que siempre sentí por el maestro, después de haberlo escuchado, le explique que nunca me habían llamado para trabajar en absolutamente nada con la compañía.  Para suerte mía, el maestro Miniño mando a buscar a los dos responsables presuntos implicados de la acusación y en mi precedencia los cuestiono y no pudieron dar  explicación alguna,  ni siquiera pudieron nombrar la obra para la cual  me habían llamado y no supieron decir  cuál era mi número telefónico,  por esta razón no pude ser despedido.  Al no poder hacer nada al respecto, me llaman como “apuntador” de una reposición ‘Las Manos De Dios”
El Baúl De Los Disfraces, recibe una gran publicidad para la época, sala llena durante todas las representaciones.  Muy poco tiempo después nombran a un nuevo director de Bellas Artes  y por coincidencia es cuando llega la aprobación de mi beca para irme a estudiar a España, yo solicito un permiso con disfrute de sueldo hasta mi regreso, pues  necesitaba ese salario  para mis estudios en Madrid, España.   Como era de esperarse, la solicitud fue denegada, porque la decisión quedo en manos de uno de los dos acusadores.  Cabeza dura como siempre he sido, decidí seguir adelante con mis planes.  Ya camino a Madrid me detengo en los Estados Unidos para visitar a mi familia y desde ese momento, la historia cambio de rumbo,  la travesía siguió su propia ruta y llego a lugares nunca antes sospechados, mas no a Madrid, España.

Para finales de 1986  la nostalgia de la escena dominicana me invade y en conversación con el director, luminotécnico y escenógrafo dominicano, director de la compañía Alta Escena, Bienvenido Miranda, salió a relucir una obra que nos gustaba a ambos, Equus,  del escritor inglés Peter Shaffer, inmediatamente contacte a los representantes del  autor en Londres, recibí sus permisos para presentar la puesta en escena dominicana, la fecha en la que yo podía trasladarme a Santo Domingo para este montaje, coincidía con un festival de teatro organizado por el estado,  Ivonne Haza era la directora artística del Teatro Nacional y se mostró muy dispuesta a que esta obra fuera parte del festival, de inmediato empiezan los preparativos y de mi parte la investigación sobre la obra y sobre mi personaje Alan, protagonista de la historia.   Después de arduos preparativos y mucha comunicación, estaba todo listo para mi viaje, me preparé para estar fuera de Nueva York unos cuatro meses.  Mientras esperaba por mi vuelo en el JFK, decido llamar a mi contestador desde una cabina de teléfono público,  yo tenía un aparatito del tamaño de un beeper que me permitía recoger mis mensajes, llamaba, esperaba a que saliera un mensaje de voz y apretaba tres veces el aparatito y así era como lograba escuchar los mensajes grabados en mi contestadora.   Entre los mensajes que escuché, había uno con la voz de una joven que decía: “por favor  llamar  con urgencia al Teatro Nacional”.  
Inmediatamente llamo al teatro desde el mismo teléfono público donde me encontraba, me reciben con la noticia de que” la obra no se puede realizar porque  hubo un problema de “comunicación entre los organizadores del festival”- además me dijeron- que no era necesario que llegara a Santo Domingo, porque  “lamentablemente la fecha estaba ocupada”-   Con la furia natural que me provoco esta sorpresiva situación, le grite a la joven,  reclamé y  pedí hablar con la directora o cualquiera que pudiera responder a mis preguntas, pero,  lamentablemente, todos se encontraban en “su hora de almuerzo”.    Necesitaba una respuesta, lo  único que quería saber  era ¿porque habían esperado hasta ese momento para comunicármelo? justo el mismo día cuando suponíamos   que yo llegaba a Santo Domingo.  Durante mi conversación telefónica, escuché la llamada de abordaje… No me quedo más remedio que seguir con mi plan de viaje y averiguar de frente lo que estaba pasando  con este proyecto que veníamos planificando por tanto   tiempo.
A mi llegada a Santo Domingo, después de reuniones, preguntas y  averiguaciones, concluí que lo sucedido no era casualidad y lo pude reconfirmar décadas después.  El proceso fue tan frustrante que decidí abandonar la idea y empacar para regresar al barrio que me había acogido sin preguntar quién era y de donde venía.
Aquel día de mi regreso a Nueva York,  nunca lo olvidaré…sentí que esos mundos tan disimiles se revolcaban en mi cabeza y por un momento me volví un ciudadano de ninguna parte, con la misma maleta llena de ilusiones y sueños que parecían truncados, regresé con mis fotos, las mismas que hoy comparto con ustedes.  
Aquella mañana,  antes de irme al aeropuerto, me dirijo  al Teatro Nacional para entregarle a Lillyanna Díaz  un sobre con una copia de la primera edición de una nueva obra  de Luis Rafael Sánchez, la cual yo había encargado para  poner a la venta por primera vez  en  Nueva York  en la Librería Hispano Francesa, luego,  supe que ni la obra, ni la tarjetita de agradecimiento había escrito para ella, habían llegado a  sus manos.
En lo adelante seguí viviendo, amando, aprendiendo, sufriendo, haciendo teatro en Nueva York, pero sobre todo creciendo en aquel barrio que me acogió con los brazos abiertos y me hizo testigo de una época, de una mágica revolución en donde muchos amigos y amores no pudieron alcanzar el frente de batalla.
Mucho tiempo después y  por una gran puerta que el destino me tenía guardada, regreso a casa  para protagonizar  “Calígula”  de Albert Camus, en un montaje de Giovanny Cruz, una obra que me puso en el corazón de todos los dominicanos  que fueron testigos de este gran evento del teatro dominicano.

Desde entonces la historia ha seguido escribiendo su propio destino.

Carlos Espinal

Derechos Reservados 2016

My mother protected me from the world and my father threatened me with it. 
Quentin Crisp




















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