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viernes, 14 de marzo de 2014

CARTAS SIN REGRESOS

CARTAS SIN REGRESOS
¿A quién le habrás escrito tantas cartas? ¿A dónde habrán ido a parar todas esas palabras? ¿Por qué siempre escribías todos los meses tres cartas con el mismo rito, con los mismos silencios? Ahora tengo tantas preguntas y solo me queda un edificio en ruinas sin respuestas… esperaba con ansias ese día, el día que ibas a salir al correo porque sabía que me llevarías contigo. Llegar al correo, enviar la correspondencia, llegar a la oficina del doctor, cruzar por la misteriosa logia y mi lugar favorito, los carros rojos y los hombres listos para atacar el fuego. La sirena de las doce nos decía que era tiempo de volver a casa, pero primero la visita al fotógrafo, los saludos y el parque lleno de sombras. Algunas veces, si era sábado y cuando me portaba bien, hacíamos el recorrido hasta pasar por la iglesia y luego mi regalo favorito:-“por ser un niño bueno te toca paseo largo”-, por fin llegábamos donde podía pedir todo lo que quisiera, mis buñuelos, mis batidos , eso sí, uno a la vez y solo podía pedir lo que me podía comer…sentado en el asiento que daba vueltas hasta marearme. Cuando llegábamos al “Bebe y Vete” los señores nos miraban, ella, saludaba a todos sus amigos como si fuera una estrella de cine, por lo menos así parecían mirarla, todos la miraban admirando su hermosa cabellera negra y sus profundos ojos verdes, todos pasaban y la saludaban como si se tratara de una celebridad; yo aprovechaba para pedir mis golosinas favoritas, luego, caminábamos largo tiempo y volvíamos a casa, siempre con mi mano agarrada de la suya como si me fuera a escapar y todos la miraban… yo sentía como admiraban su belleza. Su larga cabellera negra se quedaba atrás como queriendo regresar a donde se habían ido sus tantas palabras selladas en sobres blancos. Nunca supe a quien le escribía, nunca supe a donde se habían ido sus palabras, cuáles eran sus promesas, sus ilusiones, sus esperanzas… a veces le pedía que me cargara para poder ver la cara del señor que recibiendo sus cartas le coqueteaba con la misma oración de siempre- “vendito sean los ojos que forman parte de su cuerpo”- y yo pegado a su falda, asegurándome para que no me dejara olvidado en aquel lugar por donde los sueños nunca regresaban, muy agarrado a su falda en donde me sentía tan seguro, seguro como en ningún otro lugar…como solo me hacía sentir ella. ¿Cuántos secretos habrán partido por esta casa grande? ¿Cuántas esperanzas se habrán marchado por aquí? ¿Cuantos amores que nunca volvieron? Carlos Espinal Marzo 14 12:15 am.

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